Tres aprendizajes lectores (y III): el aprendizaje de regreso

En esta última entrada de la serie explicamos por qué la lectura, y en concreto la lectura de libros infantiles en edad adulta, es una actividad paradójica que nos permite regresar incluso al lugar en el que nunca estuvimos. Por eso, y por más que pueda haberla, la nostalgia no es un componente estrictamente necesario.

Regresar incluso al lugar en el que nunca estuvimos es una de las mejores cosas que nos brinda la literatura. Y como soy consciente de que esta frase puede ser perfectamente hueca y ampulosa, me justifico. Cada curso suelo empezar mis clases proyectándoles a mis estudiantes dos mapas. Uno es de Granada, la ciudad en la que vivo y en cuya universidad trabajo; el otro, de la Tierra Media, tal cual la cartografió el propio Tolkien. Acto seguido formulo la pregunta: ¿cuál de los dos territorios existe? Las respuestas, debo decir, rara vez caen en la trampa. Lo habitual es que se percaten enseguida de que ambos existen, solo que de maneras muy diferentes. En ese momento, eso sí, aprovecho para radicalizar mi posición e ir un poquito más lejos: digo –y con convencimiento– que millones de personas en todo el mundo saben lo que son las Montañas Nubladas, Mordor o la Torre Blanca de Gondor, pero probablemente no saben situar Granada. Intento ejemplificar con ello hasta qué punto resulta paradójica la vivencia que nos proporciona la literatura. No deja de ser una vivencia de prestado, pero al mismo tiempo, si cabe, más nítida e intensa que la que marca los avatares del día a día. Porque si hay algo que caracteriza a la literatura, como a la ficción en general, es que se hace con retazos de intensidad. En la grisura de lo cotidiano se olvidan pronto los detalles irrelevantes (quien esto lea no recordará dentro de unos días la ropa que lleva puesta ahora mismo, por ejemplo), se disuelven en ese tiempo vacío o no significativo al que ya aludíamos en una entrada anterior. En el espacio que acota la página (o la pantalla de cine, o incluso el campo de fútbol), sin embargo, no hay lugar para los tiempos muertos. La literatura, claro está, se define por el tiempo pleno o tiempo significativo.

En cierto modo, esto, aunque parezca transcurrir en las nubes de la abstracción, que nos llevaría a una teoría de la lectura, sé que puedo aplicarlo a mi propia relación con los libros para niños. Admito que fui un lector tardío y que ese detalle es importante. No se trata de universalizar mi experiencia, porque muchas personas adultas que aman los libros para niños aprendieron a amarlos desde que echaron los dientes de leche prácticamente (estoy casado, sin ir más lejos, con una mujer que conserva una marca en la barbilla del tiempo que pasó apoyándola sobre sus rodillas flexionadas mientras leía de niña). Se trata, más bien, de ser consciente de que no necesariamente, no siempre, se leen los libros para niños en la edad adulta desde la nostalgia. Es tan sencillo como admitir que no en todos los lectores late una infancia que recuperar, por parafrasear un libro maravilloso de Fernando Savater. Pero si admitimos esto, ¿por qué entonces los libros para niños? Creo que una de las razones que los justifican más allá del tiempo que naturalmente percibimos que les corresponde es que son, quiérase o no, el terreno del prejuicio. Resulta difícil, por no decir imposible, no tener una visión prejuiciosa de la infancia, si bien el prejuicio puede ser, cuando menos, de dos tipos: hay quienes ven la infancia como la época de la carencia (el propio término proviene del latín infans, que significa ‘el que no habla’); y hay quienes la ven, por el contrario, como el tiempo del Paraíso, colmado de virtudes que ya no volverán a existir nunca más, de una felicidad destinada a perderse y añorarse. Ningún adulto, en el fondo, ha sabido nunca lo que es la infancia.

¿Por qué, entonces, nos enseñan a leer los libros para niños a los adultos? Para quien esto escribe, una de sus virtudes es que, aunque no necesariamente conducen a la nostalgia o a la melancolía, si se tiene una mente abierta, sí inducen de un modo muy directo a reflexionar sobre ellas. Preguntarnos si verdaderamente hubo un tiempo en el que todo era tan ingenuo, limitado y carencial que no se podía reflexionar a través de los libros con inteligencia sobre temas «serios», o tal vez cuestionarnos si todo era tan paradisíaco y perfecto que solo podía estar destinado a la pérdida y la añoranza, son ejercicios complicados que los libros para niños nos enseñan a afrontar. En ese sentido, son un antídoto maravilloso contra la lectura prejuiciosa: he visto en libros para niños temas con un tratamiento tan irreverente que la literatura «adulta» no lo toleraría; asimismo, leer en voz alta con mi hijo de tres años, adentrarse en aquello que él todavía no entiende del todo y yo apenas estoy comenzando a entender, me sugiere que los libros para niños, a los que siempre tendemos a asignarle una etiqueta que los clasifique por edades y propósitos, son en el fondo los más reacios a dejarse reducir a las imposiciones taxonómicas. Los libros para niños, además, nos requieren aprender a leer de otra manera: prestando atención a las imágenes, interiorizando nuevos códigos y, si tienen ustedes la misma suerte que yo, instaurando una saludable forma de cordialidad entre adultos.

Regresar siempre a lo que importa es la clave. Qué más se puede pedir.

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