Tres aprendizajes lectores (II): el aprendizaje escolástico

Continuamos con esta serie de textos breves en la que proponemos un programa de aprendizaje lector. En la entrada anterior indagamos en el origen de la palabra escuela, que proviene del término griego scholé, que significa ‘ocio’. En esta, por ello, nos referimos a lo que vamos a denominar un aprendizaje escolástico de la lectura. Precedemos con nuestro tema.

En la entrada anterior hablamos del concepto de scholé, que está en la etimología de la palabra escuela. La escuela, recordemos, no es tanto un espacio cuanto un tiempo de la vida en el que se liberan los saberes y se universalizan, poniéndolos a disposición de todo el mundo en –esta vez sí– ese espacio que es la escuela. Sin embargo, que se libere esa posibilidad no quiere decir necesariamente que se aproveche. Por lo que respecta a la lectura, podríamos hablar de un azar condicionado. Hay personas predispuestas por su carácter al roce con los libros y personas que les tienen alergia temprana; pero, sobre todo, hay quienes crecen en ambientes rodeados de libros, en familias que fomentan el vínculo con estos, y quienes se crían en lugares donde los libros se desprecian (pregúntenle a cualquier docente de literatura de Secundaria sobre esto y comprenderán de lo que hablo). A causa de esta posible desigualdad, la escuela republicana, que ya dijimos también en la anterior entrada lo que es, sigue siendo una institución clave. Con independencia del lugar social del que provenga cada cual, la escuela republicana permanece relativamente inalterada en algunos de sus cimientos básicos: en ella siempre existe la posibilidad del encuentro, la expectativa del eros. Un momento, ¿eros? Pues sí, eros. Es en la escuela republicana donde muchas personas, que no teníamos esa posibilidad en casa, experimentamos por primera vez el poder de atracción que puede ejercer un docente de literatura a través de la materia que desgrana en sus clases. El aprendizaje escolástico no es más que el deseo de poseer, de gozar lo que otro sabe, en el fondo. En ese sentido es un aprendizaje, en última instancia, erótico.

Podría decirse que el aprendizaje escolástico de la lectura es, en cierto modo, un acto de resistencia. Por lo menos, lo es en la medida en que implica tomar conciencia, en un punto dado del proceso de maduración y formación de la personalidad, de que la vida puede ser dramáticamente limitada si uno se descuida. Es fácil ver esto cuando la existencia se reduce a la mera rutina de la subsistencia diaria, pero a veces, paradójicamente, lo que limita la vida es la sobreabundancia de posibilidades. La lucha permanente por nuestra atención que mantienen las diferentes corporaciones es todo menos emancipadora. Antes nos mantiene distraídos y nos aboca a dispersarnos y difuminar la estructura que requiere cualquier experiencia significativa del tiempo. En otras palabras, nos aboca a ser víctimas del modelo 24/7, que nos lo demanda todo sin entregar nada a cambio. La pausa, el sosiego, la concentración o la lentitud reflexiva son las trincheras que, frente a esa lucha encarnizada por nuestra atención, se cavan desde el lado de la lectura escolástica. Por eso esta es una forma de resistencia, si bien una que no surge de manera espontánea. Toda mecha necesita alguien o algo que prenda la llama.

Quienes llegan a disfrutar del aprendizaje escolástico de la lectura saben que esta es un modo de vida. No solo un medio, por más que también, en el caso al menos de unas pocas personas. Quien escribe esto, sin ir más lejos, y con independencia de que lo haga mejor o peor, no produce otra cosa que ideas. Y la materia prima de tales ideas no es otra que la lectura. Pero incluso quienes no hacen de la lectura su medio de vida saben que esta es siempre un modo de vida. En especial esto se aplica a la lectura literaria, que nos hace cotidianas las bondades de la imaginación y nos permite no quedarnos, sin más, confinados en ese rinconcito en el que la vida es limitada. Un lector escolástico sabe que su mundo se expande indefinidamente. No estamos diciendo que la lectura sea la única vía para enriquecer la vida, por supuesto. Hay quienes encuentran propósito y sentido entregándose a otras labores (podría decir, pongamos por caso, que la lectura es un modo de vida, pero no menos que el fútbol para quien le gusta practicarlo hasta el apasionamiento). Sí estamos diciendo, en cambio, que la lectura es uno de los modos de vida que más y mejor contribuyen a hacernos dueños del tiempo. No es verdad, como suele decirse, que se requiera tiempo para leer; más bien, pensamos, es justo al contrario: se requiere lectura para tener tiempo. Esto, nos parece, lo saben bien quienes en algún momento de la vida se encontraron con una figura que les despertó el deseo de ser como, de vivir como. En mi caso, el proceso es sencillo: no estudié filología porque estuviera muy interesado en los diferentes tipos de yod, sino porque quería vivir como mi profesor de literatura del COU. Después, ya en la Universidad, tuve maestros intelectuales que me ensañaron a leer de nuevo. Que me facilitaron, en suma, el aprendizaje escolástico de la lectura. Son esas las personas que encienden la mecha y que, quizá sin saber que lo hacen, nos transmiten una forma de vida.

Ahora bien, siendo fundamental, y para mucha gente el culmen de la formación lectura, ni siquiera el aprendizaje escolástico de la lectura es el último de los posibles. Les cuento un tercer aprendizaje en la próxima entrada. Hasta pronto, pues.

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