Tres aprendizajes lectores (I): el aprendizaje republicano

En la entrada anterior propuse que en la siguiente, o sea, en esta, expondría un programa de aprendizaje lector perfecto para adultos. Con ese propósito, comienzo aquí una serie de tres textos sin más pretensión que la de servir de compañía durante las vacaciones de agosto. Serán, por ello, mucho más breves de lo que acostumbro, carecerán de citas y aparecerán de manera alterna desde el primer viernes de agosto. Dado que rebajo mi actividad durante las vacaciones, en las semanas en que no haya entrada compensaremos publicando una microrreseña en los canales de Facebook e Instagram de La lupa sobre el mapa. Comenzamos.

Los antiguos atenienses tenían un gusto desmesurado por los juicios. En estos, los tiempos de intervención de la acusación y de la defensa eran idénticos y estaban escrupulosamente regulados. Para asegurar esto, se recurría a una clepsidra, es decir, a un reloj de agua compuesto por dos vasijas con un pequeño orificio en la base. Cada vez que este orificio se abría, el agua de un recipiente pasaba al otro, de modo que solo mientras el agua permaneciese cayendo se estaba en posesión de la palabra. Se calcula que el proceso duraba aproximadamente unos seis minutos actuales. Tal era, pues, el tiempo disponible para exponer un discurso de defensa o acusación. En este procedimiento técnico, además, reconocemos una idea de tiempo mensurable, de tiempo medible que vale tanto como un testimonio en un juicio. Esto, que no era una mala idea, arrastraba no obstante algunos problemas. Platón, siempre dispuesto a cuestionar la democracia ateniense y sus instituciones, los supo ver muy bien. En uno de sus diálogos, Teeteto, viene a observar —siempre parapetándose tras la figura de Sócrates— cómo esta práctica conducía, en realidad, a la proliferación de una casta de profesionales de la retórica cuyo propósito era adiestrar a los contendientes para que aprendiesen a realizar discursos impactantes en el breve tiempo que les permitía la clepsidra, así como para persuadir al tribunal (siempre popular en Atenas) de manera rápida y contundente. La verdad o ausencia de verdad de lo que se expusiese, al final, venía a ser lo de menos. Lo que primaba era, en definitiva, la efectividad oratoria. Por eso llega a decir Platón que quienes así se educan son esclavos de sus discursos y no al revés. Frente a este tipo de prácticas, están las de la Academia; frente a los retóricos, los filósofos. Porque en la Academia no hay clepsidra, sino que se discute en paz, sin prisas y dedicando a cada asunto abordado el tiempo, ya sea mucho o poco, que demanda el desentrañamiento de sus causas últimas. La Academia es un espacio liberado de la servidumbre del tiempo. Por tanto, la Academia es un espacio donde todo se organiza para favorecer el ocio productivo. Un tipo de ocio, por cierto, que los antiguos griegos designaban con la palabra scholé, de donde viene la palabra escuela. Alude la scholé al modo de vida que implica la Academia, que persigue que la existencia de cada cual (bios) no quede reducida a una mera concatenación de asuntos prácticos, ligados a la necesidad (bios praktikós), sino comprometida con la búsqueda de la vida buena o vida contemplativa (bios theoretikós), desligada de ella. Claro está que, en el contexto platónico, la scholé y su aspiración máxima, la bios praktikós, son horizontes privilegiados reservados a una exigua minoría dentro de un ámbito, el de los ciudadanos libres, ya de por sí privilegiado, pues de la condición ciudadana se excluía a las mujeres, a los niños, a los extranjeros y, por supuesto, a los esclavos.

Lo que a nosotros nos importa ahora es señalar cómo en esa división antigua entre la scholé o tiempo de la bios theoretikós y su negación, la ascholía o tiempo de la bios praktikós, se reconoce otra que podríamos remozar aludiendo a una división entre tiempo vacío y tiempo pleno. Definiremos el tiempo vacío como tiempo cuyo símbolo es el reloj. Si la clepsidra define a las sociedades organizadas en torno a la retórica, desde la Edad Media el reloj mecánico marca la pauta del valor mercantilista de un tiempo que ahora no se percibe solo como mensurable, sino también como entidad divisible en unidades que tienen una equivalencia lucrativa. Así, por ejemplo, los contratos se firman regulando las horas del tiempo de trabajo, los títulos académicos se expiden en función de las horas que se cursan y superan exitosamente en las diferentes materias, etc. Pero precisamente porque a este tiempo medible le asociamos un valor mensurable, se da la paradoja de que, como tiempo en sí, acaba careciendo él mismo de valor. En el tiempo vacío, mayoritario en nuestras vidas, olvidamos fácilmente lo que ocurre. Así sucede con las cosas de la bios praktikós, por más que sean importantes y necesarias: dentro de una semana nadie recordará la ropa que lleva puesta ahora, mientras lee esta entrada. En el momento en que nos llega el tedio, además, el tiempo vacío tiende a ocuparlo todo. Así, por ejemplo, cuando nos aburrimos soberanamente en una clase solo pensamos en el tiempo (más en concreto, en que parece eternizarse y no acabar de pasar nunca). A este se le contrapone lo que vamos a llamar tiempo pleno, tiempo significativo cuyo símbolo no es el reloj, sino la ausencia de reloj. El tiempo pleno no intenta persuadirnos de que tiene una equivalencia lucrativa, ni se nos presenta como algo medible o divisible. El tiempo pleno es el tiempo que determina lo que recordamos, ya sea de manera voluntaria o involuntaria. Y, a su modo, también es un tiempo paradójico: cuando lo llena todo, no pensamos en él. Así, por ejemplo, se nos pasa volando ese momento en que alguien nos hace reír, del mismo modo que, cuando nos nos encontramos verdaderamente a gusto en algún lugar o situación, tendemos a perder la noción de la hora que es. Este es el tiempo del que se hace la literatura y, en general, las obras de ficción, que no son sino retazos de intensidad (y, por lo tanto, significativos) concentrados en un espacio bien acotado, casi podría decirse que geométrico, pues con frecuencia es la página de los libros, la pantalla del cine o el césped de un campo de fútbol.

Con todo esto no queremos decir sino que la escuela no es un espacio, sino un tiempo. Espacio, en todo caso, lo es el centro escolar, pero no la escuela. Es en la escuela donde vamos a aprender a leer por primera vez en nuestra vida. Por muchos motivos, el aprendizaje de la lectura tiene que ver con el tiempo: se da en el marco de una institución que se formó a partir de la idea clásica de scholé (que, como hemos visto, designa a uno de los nombres del tiempo) y enseña prácticas que facilitan ese acceso al disfrute del tiempo significativo al que acabamos de referirnos. Aprender los procedimientos básicos de descodificación, cultivar la familiaridad con las herramientas técnicas que se requieren para leer, son solo los primeros pasos para no confinar la vida a la pura practicidad, para no acotarla conforme al carácter limitante que impone la necesidad (todos tenemos que fregar alguna vez el suelo de casa, por supuesto, pero nuestros días sobre la tierra no deberían reducirse solo a eso). La escuela libera los saberes y los democratiza, poniéndolos al alcance de todo el mundo durante un periodo largo de la vida que, por lo menos en las sociedades democráticas, se sanciona como necesario y obligatorio, solo que «obligatorio», en este caso, quiere decir que no es tanto una imposición arbitraria cuanto el recordatorio de que tenemos el deber de preservar las condiciones que hacen posible el disfrute de ese periodo. Ello supone, a través de la idea de escolarización universal, convertir un antiguo privilegio en un derecho que, se nos olvida, es relativamente reciente en la historia de la humanidad. Que hayamos sido capaces de consensuar algo así, propensos como somos al desaste, es sencillamente un logro asombroso. Por ello, me parece importante recordar que la escuela no es una mera preparación o un adiestramiento para la vida cotidiana, sino un tiempo al margen de ella que nos permite observarla con distancia, analizarla y volver a sus rutinas con todo lo que necesitamos para hacerla más rica, más amplia, menos estrecha. La lectura es, sin duda, la condición de posibilidad de todo eso, pero solo el compromiso con los asuntos públicos (esto es, solo el compromiso republicano, en sentido lato) nos permite mantener esa hermosa idea, acaso no la peor que hemos inventado los humanos. Por eso hay que mantenerla viva e insistir en ella. Gracias a ella aprendemos a leer; gracias a ellas sabemos también —o deberíamos— que nuestros logros individuales no son el signo de pertenencia a un linaje aristocrático, sino el resultado último, y acaso más visible, de la fortaleza de un proyecto comunitario.

A eso llamo yo aprendizaje republicano de la lectura. Y es el primero y quizá también el más importante que se da en nuestra vida, pero en absoluto el único. En la próxima entrada hablaremos de otro, si tienes la amabilidad de acompañarme.

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