Un año y, más o menos, dos centenarios

Acaba un incalificable 2020 y con él el año del centenario de Gianni Rodari, aunque no solo: el pasado noviembre se cumplieron, a su vez, 110 años de la publicación de El libro inclinado, de Peter Newell. Y en La lupa sobre el mapa vamos a hacer balance a nuestra manera.

Para Paco Rey

Un año

¿Merece la pena hacer balance de un año desastroso? Si me apuran, diría que quizá mucho más que de un año feliz. Recuerden las palabras de Francesca da Rimini en la Comedia del Dante: «Ningún dolor mayor que acordarse del tiempo feliz en la miseria» (Infierno, Canto V, vv. 121-123). Mutatis mutandis, tengamos siempre presente la desgracia en el tiempo feliz, recordémosla, atesorémosla incluso para que no se nos olvide la fragilidad de los momentos dichosos. Que nos sirva de antídoto contra la melancolía o la euforia. Al fin y al cabo, ya se sabe que a los pesimistas hay que recordarles siempre que cualquier situación es mejorable, mientras que, a los optimistas, que cualquier situación es empeorable. Sea como fuere, 2020 ha sigo para el mundo un año horrible: en una época de indudable avance científico y bienestar, hemos descubierto que una simple enfermedad infecciosa puede ser el caballo de Atila allá por donde pasa; hemos traducido la muerte en cifras, y las cifras en objeto de disputa política; pero, sobre todo, hemos tenido que aprender a lidiar con su cercanía y su presencia cotidiana. Parecía esta una realidad, la de la muerte, sobre todo en entornos urbanos, cuya imagen casi había desaparecido de nuestras vidas. Velamos a nuestros difuntos en espacios asépticamente acondicionados para ello y situados extramuros, lejos de de la casa que compartimos en vida, que ha dejado ya de ser el hogar del duelo en el último adiós. Para muchas familias, ni tan siquiera esa despedida higiénicamente ritualizada ha sido posible en 2020, que ha ido de calamidad sobre calamidad.

Pero la desgracia no sobreviene sin traer consigo algunas lecciones. El confinamiento, en particular, nos ha puesto ante un proceso contradictorio de cierre y apertura a un tiempo. Así, en 2020 cerramos (y nos encerramos en) nuestras casas al tiempo que abrimos todo tipo de ventanas digitales. Las ventajas, para los optimistas, han sido el acceso y la disponibilidad. Las desventajas, para los pesimistas, han sido el acceso y la disponibilidad. Hay procesos que ya venían sucediendo desde antes, aunque ahora mismo nos parezcan recién llegados. Por una parte, la implantación de una economía del acceso, en la que un grupo reducido de grandes corporaciones con vocación monopolística gestionan el acceso al ocio y las fuentes de conocimiento y marcan a propósito unas reglas dudosamente redistributibas de la información que les entregamos. En qué medida está afectando esto al mercado de la LIJ es algo que está por estudiar, pero se pueden inferir algunos hechos (obsérvense, por ejemplo, los estándares que se imponen en la distribución de obras vendidas masivamente y el trabajo rayano en lo militante contra los libros instrumentalizados que desarrollan las pequeñas editoriales). Por otra parte, y como consecuencia de lo anterior, en la vida cotidiana se ha hecho fuerte la interiorización del modelo 24/7. Las fronteras entre el hogar y el centro de trabajo o estudio, entre el sueño y la vigilia, entre el tiempo de ocio y el tiempo del negocio, se dispersan volviéndose difusas. Podemos, pongamos por caso, seguir —y a cualquier hora y cualquier día de la semana— un plan de estudios determinado, a la carta, tras terminar una agotadora jornada de trabajo, que por otra parte tal vez no nos haya requerido siquiera salir de casa, o incluso de la misma habitación, en todo el día. Lo que se nos presenta como una ventaja, es decir, la disponibilidad absoluta y el acceso a todo a cualquier hora y en cualquier día, puede perfectamente ser una fuente de agotamiento, estrés y neurosis.

Y ante este panorama, ¿qué hacer? No soy muy partidario de usar la expresión «volver a», porque me remite a una percepción engañosa de nuestra historia. Nunca hubo una unidad perdida que debamos restaurar; nunca hubo, como gustaba de repetir el maestro Juan Carlos Rodríguez, sentido, sino sentidos. Pero de esa percepción engañosa se genera otra más engañosa todavía: la de que basta un acto de mera voluntad para restaurar ese orden que creemos perdido. Por todo ello, prefiero con mucho las expresiones «empezar a» o «continuar en». Vamos a empezar a pensar en aquello en lo que quizá no habíamos reparado; vamos a continuar en el lugar en el que merece la pena estar: este año que hoy acaba ha sido también el momento en que la noción de cuidado se ha asentado en nuestras vidas, pero eso no quiere decir que sea nueva. Ya en los setenta fue decisiva en el debate sobre el trabajo y la división sexual del mismo auspiciado por los movimientos feministas. Primero había que desligarla de la idea de asistencia; después, procurar no identificarla con una responsabilidad supuestamente consustancial a las mujeres; por último, se trata de apelar al compromiso colectivo. Algo de eso ha habido también durante este año y lo ha habido en los terrenos más recónditos: nos hemos contado muchos cuentos, para que nos entendamos, porque la capacidad de fabular no es sino una forma de tantas (y no de las menores) de hacer comunidad y sobrellevar el peso de los días difíciles.

Gianni Rodari, un centenario

El 20 de octubre de 1920 venía al mundo en Omega, en el Piamonte italiano, Gianni Rodari. Este año que ahora toca a su fin ha sido el del centenario de su nacimiento, celebrado internacionalmente, porque Rodari, hace ya mucho, es algo más que un escritor italiano. Desde hace décadas, su obra no ha dejado de despertar interés en España, quizá incluso de manera creciente en los últimos años. Sorprende ver la cantidad de libros suyos que circulan en el mercado en el año de su centenario, más allá de los habituales –y magníficos– Cuentos por teléfono y Gramática de la fantasía. La vida de Rodari es bastante conocida y también bastante singular: pedagogo, periodista, autor infatigable… La publicación en 1951 de El manual del Pionero, primera obra suya de carácter pedagógico, le valió la excomunión por parte del Vaticano. El título venía a cuento de la revista Pionere, que un año antes, en 1950, había fundado en Roma junto a Dina Rinaldi, camarada suya en el Partido Comunista Italiano. El episodio tiene su gracia, porque la madre de Rodari lo había hecho ingresar de joven en un seminario católico de Milán, pero no resultan tan divertidas las cotas de fanatismo e intransigencia que llegó a alcanzar el episodio: algunos patios de las iglesias vieron arder el manual y los números de la revista ideados por este —así lo definió el Vaticano en expresión ya famosa— «ex-seminarista cristiano diventato diabolico».

Hoy sus libros ya no arden, pero sí iluminan. Y nos seguirán interpelando en 2021 y en los años que nos queden en este mundo. Hay una forma de entender la fantasía en Rodari que inventa mundos y situaciones insólitas no precisamente como forma de huida, sino como manera de mantener los pies bien plantados en la tierra. En 1971, en el diario de tendencia comunista Paese Sera, nuestro autor publicaba «Ayer, hoy y mañana», que comienza con estas palabras dignas de tener siempre presentes:

Hay que desconfiar de todas las condenas del presente, de sus miserias y de sus crisis, en las que se advierta de algún modo, tras la máscara que sea, la añoranza del pasado. Se trata, casi siempre, de una nostalgia clasista, o de un simple efecto secundario del proceso de envejecimiento. Y al mismo tiempo es, como ya he dicho otras veces, no una añoranza de tiempos mejores, sino de la juventud de quien se lamenta. El que quiera tener alguna posibilidad de entender a sus hijos, el que desee estar de su parte, el que aspire a ayudarlos debe guardarse de alimentar nostalgias de este tipo.

(Rodari, 2017: 91)

Leyendo por primara vez este año muchos de los textos de Rodari, o releyendo otros ya conocidos, como el que cito arriba, me he dado cuenta de hasta qué punto su obra gira en torno al tiempo y nos previene contra la sublimación de pasados esplendorosos. El presente, como decía, parece ser su obsesión, y con él sus problemas. No son tantos los autores de libros para niños dispuestos a escribir párrafos como el que sigue, en el que se aborda sin titubeos el tema del trabajo:

El trabajo es una labor que consiste en intercambiar una parte de tu vida por un salario que te permita subsistir durante las otras partes de tu vida, esas otras partes en las que no estás trabajando. Un trabajo se puede disfrutar cuando se elige con libertad, cuando es una vocación, como por ejemplo el diseño, la pintura, la medicina, la canción. Cuando el trabajo consiste en obedecer órdenes de alguien que te exprime al máximo para obtener un beneficio del cual no vas a participar, ese trabajo puede acabar convirtiéndose en una pesadilla. Es muy importante que las niñas y los niños aprendan y descubran durante la infancia cuál es su vocación, qué labor los llena de felicidad o al menos da pie a que tengan metas que desean conquistar. El trabajo puede y debe tener una parte divertida, sin duda.

(Rodari, 2020: 128).

La pregunta incómoda que cabe hacerse es cómo afrontar realmente esa otra parte de nuestra vida que dedicamos a subsistir. En cierto modo, es una mitad de nuestro tiempo que vive a la intemperie y que mucha gente considera inútil o, peor aún, presa fácil de toda inutilidad. Esa es la parte en la que la fantasía se nos cuela como una intrusa para llenarnos de pájaros la cabeza, lo cual ha provocado toda una tradición de condena de lo fantástico que he tratado de analizar en otra parte, preguntándome por las raíces de esa desconfianza. Frente a ese proceder empobrecedor, la obra de Rodari resiste en pie cada día más porque convierte en ética lo que, desde ópticas menos perspicaces que la suya, es objeto de desprecio.

En el año en que más a menudo hemos apelado a la ética de los cuidados, nos hemos planteado también cuál es nuestra relación con la fantasía, que no ha ocupado un papel secundario para quienes saben observar: de hecho, se diría que, de manera tal vez inconsciente, en tiempos de desgracia la fantasía se ha revelado como un bien a proteger. Durante el confinamiento habilitamos sesiones en la red de cuentacuentos para la infancia, leímos historias en casa y buscamos a toda costa calmar nuestra sed de ficción, cosa esta última que nunca me ha parecido una vulgar forma de escapismo, puesto que la hacemos porque necesitamos construir sentidos ante la incertidumbre. Lo hacemos porque, como escribe Juan Kruz Igerabide en un libro fascinante:

La obsesión por mostrar al niño la realidad tal como es, cuando los adultos no nos ponemos de acuerdo en cómo es esa realidad, resulta una vía estéril.

(Kruz Igerabide, 2020: 95)

Simplemente es así.

Ante esto, la obra de Rodari se esfuerza denodadamente por enseñarnos a mirar el mundo de otra manera, y quizá ahí es donde reside su mayor legado. En una época en que nuestro sentido del mundo se diluye, de disponibilidad absoluta y pragmatismo por inercia, la confianza de Rodari en la fantasía y sus posibilidades es tan vívida o más que hace cien o cincuenta años. Leemos a Rodari porque nos gusta poner una interrogación o introducir un imprevisto en el mecanismo del presente. También porque sabemos que nuestras fronteras, si no se amplían, nos constriñen. Leemos a Rodari y lo seguiremos haciendo porque nos enseña a mirar de otra manera.

Peter Newell y El libro inclinado, centenario y pico

También en 2020, en concreto en noviembre, se cumplieron 110 años de la aparición en Nueva York de The Slant Book, en español El libro inclinado, publicado por la editorial Thule. Puedo imaginarme el desafío que supone para un editor afrontar la empresa de editar una obra que es realmente lo que su título indica: un libro inclinado. Hay que dar para ello con un formato que demanda, para ser posible, una serie de características técnicas y materiales muy particulares. Para empezar, no cortamos los bordes superior e inferior de los libros en diagonal, como sucede con este, pero no solo eso. Las disposición de las ilustraciones y la maquetación forman parte de la narrativa (el libro nos hace seguir la trayectoria de un carrito de bebé que se desliza desde lo alto de un cerro). La propia tipografía es un problema: el texto, en verso, se inclina en la misma dirección que los bordes inferior y superior de la página, pero la cursiva de las letras pareciera ofrecer cierta resistencia a esa inclinación, como si buscara proyectarse en sentido inverso.

En suma, El libro inclinado es un producto verdaderamente singular, pero ni mucho menos el primer experimento de Newell con los formatos: ya dos años antes, en 1908, había publicado El libro del agujero (The Whole Book), y dos años después de su obra más conocida, en 1912, El libro del cohete (The Rocket Book). Antes, en 1893 y 1894 respectivamente, Newell había dado a conocer los dos volúmenes de Topsys & Turvys, una colección de imágenes que pueden leerse de manera convencional y girando la página. En suma, hablamos de un obra genial que, a su modo, anticipa en la imagen ciertos códigos que después Rodari ensayaría en el texto: la ruptura de lo previsible, la desautomatización de nuestras propias ideas preconcebidas sobre el formato libro, la invitación a leer de otra manera y la recreación en el mero placer de lo insospechado son claves que ambos autores comparten.

Quizá una modesta manera de cerrar este año, inolvidable en el peor sentido de la palabra, pase por reconsiderar lo que podemos aprender del artefacto. El año que hoy se acaba, aun en la desgracia, ha sido en cierto modo como la obra de estos dos gigantes. Pensemos en cómo un hecho inesperado lo ha cambiado todo o en cómo lo que dábamos por seguro resultó no serlo tanto. Pensemos incluso en la lógica del mundo al revés: la manera de hacer comunidad es no saliendo de casa; por amor, dejamos de dar abrazos; y para seguir respirando cubrimos nuestra nariz. La nueva normalidad es, en realidad, la realidad al revés, como los Topsys & Turvys de Newell (o las historias confundidas de Rodari). No es verdad que los libros para niños se escabullan necesariamente de nuestra realidad inmediata, ni tampoco que lo haga la fantasía.

Ningún momento mejor que este para decirlo: ampliar los confines de un mundo cada vez más limitado, llevar más allá de lo previsible nuestras capacidades cuando alrededor la competencia por nuestra atención es feroz, aprender a ver las cosas desde los ángulos más insospechados, o sea, pensar… A todo eso es a lo que llamamos LIJ.

Referencias

Kruz Igerabide, Juan (2020). Del pecho a la palabra. Infancia de canto y cuento. Zaragoza: Pantalia.

Newell, Peter (2007). El libro inclinado. Barcelona: Thule.

Rodari, Gianni (2020). El libro de Gianni Rodari. Versos, cuentos y vida. Barcelona: Blackie Books.

Rodari, Gianni (2017). Escuela de fantasía. Reflexiones sobre educación para profesores, padres y niños. Barcelona: Blackie Books.

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