El libro de los saludos

El curso 2020-2021 comienza algo tarde en este blog, pero comienza en buena compañía. Nos ocupamos aquí de nuestra lectura de El libro de los saludos (A Buen Paso, 2020), una pequeña joya en forma de álbum que debemos al buen hacer en la escritura de Arianna Squilloni y de Olga Capdevila en la ilustración. Hablamos de un tándem que se nos muestra en estado de gracia en esta obra. ¡No se lo pierdan ni se la pierdan!

Nada viene de la nada

Es imposible para mí toparme con un título como el que tiene este trabajo, El libro de los saludos, y que no me vengan a la cabeza inmediatamente sus reminiscencias medievales. Sí, he dicho bien, medievales. Porque tenerlas, las tiene, pero no apostaría ni un ápice de lo que tengo a que la autora o la ilustradora las hayan buscado adrede. Sucede, sin embargo, que nada viene de la nada. Sucede que para que este libro atípico haya podido ser pensado, para que haya llegado hasta nosotros tal como es, de esta forma y no de otra, han tenido que ocurrir antes muchas cosas y durante muchos siglos. No me va a resultar fácil explicar por qué ese título tan sencillo y transparente tiene la fuerza que tiene, pero lo intentaré.

En la cultura medieval, la imagen omnipresente del Libro, en su doble dimensión (Sagrado y de la Naturaleza) lo domina todo. Por ello, la escritura medieval se entiende como glosa continua, y comprendida en el espacio que se da entre un polo y otro, de esa imagen doble: Dios ha escrito con su propio dedo (digitum Dei) el Libro de la Naturaleza (liber naturae) y ha inspirado a los auctores canónicos el Libro Sagrado para hacerlo más inteligible tras la suerte de «emborronamiento» de sus líneas que supone la Caída. Las concepciones sacralizadas del saber, en Europa al menos, han procedido así durante siglos: todavía en 1623, en De augmentis scientiarum, la ampliación en latín de The Advanced of Learning, Francis Bacon glosaba una cita del Evangelio de Mateo («Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios», Mt 22:29) distinguiendo entre un volumen Scripturarum y un volumen creaturarum:

Ubi duos libros, ne in errores incidamus, proponit nobis evolvendos: primo volumen Scripturarum, quae voluntatem Dei, dein, volumen creaturarum, quae potentiam revelant.

‘De donde se concluye que dos libros, para que no caigamos en errores, nos encontramos en el mundo: primero el libro de las Escrituras, donde se recoge la voluntad de Dios; después, el libro de las criaturas, que revelan su potencia.’

(The Works of Francis Bacon, London, J. Johnson, 1803, vol. 2, p. 91)

Es una imagen, la del universo como libro, que antes ya estuvo en Dante y en otros autores medievales, aunque no siempre tiene por qué aparecer como metáfora explícita, puesto que es constitutiva de la propia lógica de la escritura: en ese ejercicio de la glosa, nos encontramos con que, en sus explicits, muchas obras obras medievales se definen como Libro de (Alexandre, Apolonio, buen amor, los buenos proverbios, etc.), precisamente porque son glosas de cuantos saberes hay en el mundo llevadas a cabo según los preceptos del Libro Sagrado. No es del todo elegante citarse a uno mismo, así que pido disculpas por hacerlo, pero sobre este tema –complejo donde los haya– yo mismo publiqué hace ya tiempo un libro. Y continúo.

Y este álbum viene de dos tradiciones

En realidad no hablamos de una idea tan antigua ni que haya caído del todo en desuso, pues nuestro propio mundo, nuestra manera de medir el tiempo, se articula en torno a la imagen del Libro. ¿No me creen? Piensen si no en cómo medimos el tiempo en Occidente, donde hacemos una división entre lo que ocurrió antes y después de Cristo. Diferenciamos así dos tiempos separados por un hito, como diferenciamos, a su vez, entre un Antiguo Testamento y un Nuevo Testamento. Parece como si el mundo, el Libro de la Naturaleza, fuera un reflejo del Libro Sagrado. Esa lógica del reflejo, en realidad, es una herencia medieval: uno de los corpus de leyes que Alfonso X, el rey sabio, intentó hacer valer como modelo para promulgar leyes en Castilla lleva el título de Espéculo y no por casualidad: todo libro es un espejo en la Edad Media, en suma. Pero la idea que está en la base de nuestra modernidad no es del todo una superación de esta lógica, sino una nueva modulación de la misma. En un momento dado, la idea de que el mundo es un espacio que compendia al Libro empezará a invertirse, de modo que será la imagen del Libro la que compendie al mundo. ¿Qué es, si no, la Encyclopédie? Podríamos decir, sin ser exagerados, que la compilación lógica, a través del discurso, del logos, del abecé, del orden del mundo. Todavía hoy, esa idea subyace en los diccionarios y obras enciclopédicas de todo tipo.

¿Y qué tiene que ver esto con el libro del que hablamos? Más de lo que parece: El libro de los saludos es un viaje, una vuelta al mundo. Y no me parece casual que, como en los casos medievales mencionados, el título lleve el sintagma «libro de». En los libros de divulgación, o en los llamados libros de corte enciclopédico para niños, pervive una buena parte de esas dos concepciones librescas que acabamos de exponer. Que lo haga en el lugar más insospechado y aparentemente más modesto es, no lo olvidemos, la tónica cuando hablamos de libros para niños. Este blog se explica en buena medida como una respuesta de responder al asombro que esto nos causa. Pero a lo que vamos: El libro de los saludos es un canto, una glosa, una necesaria nota explicativa puesta al margen de la diversidad humana. En ese sentido, el de la glosa, hablaba yo de reminiscencias medievales. Pero el álbum que nos traen Squilloni y Capdevila también es, al mismo tiempo, un libro que se desenvuelve en la mejor tradición enciclopédica de libros infantiles. Una tradición, por cierto, que ya ha dado obras maravillosas a este respecto y que nos ha brindado títulos que nos cursan una doble invitación: a los niños, a observar en su camino hacia la adultez; a los adultos, a volver a observar como si fuéramos niños. Todo esto es algo que hace muy poco ha logrado también la misma autora, Arianna Squilloni, con la publicación de Bajo las piedras (Akiara Books, 2020), un exquisito álbum poético, con unas delicadas ilustraciones de Laia Domènech, que se puede entender en ese sentido. El libro de los saludos viene a enriquecer más si cabe esta valiosa tradición.

El álbum es un cajón de sastre y aquí se demuestra

Hace tiempo que la denominación del álbum como «género literario» no tiene razón de ser. Un álbum es más bien un formato desafiante, en el que cabe todo, desde la poesía al teatro, pasando por el ensayo. Un álbum es un cajón de sastre que, más que un género, constituye un soporte capaz de acoger en su seno a todos los géneros. Aparentemente, alguno de estos no le casarían demasiado bien, como pudiera ser el caso, si más, del ensayo. Sin embargo, recordemos que uno de los estudios más impresionantes que se han hecho sobre el formato en los últimos años, como es el caso de Álbum[es], de la estudiosa francesa Sophie Van der Linden (Ekaré-Variopinta-Banco del Libro, 2015), es en sí mismo un álbum de gran formato diseñado por Olivier Douzou. Por otra parte, no sería tan osado en este blog como para intentar definir de manera definitiva las convenciones genéricas del ensayo, pero no creo que pueda negarse que hay, al menos, dos que no le son muy ajenas: por una parte, un ensayo se propone una cuestión de partida en la que trata de indagar; por otra, un ensayo es un género abierto, donde hasta la propia experiencia de quien lo escribe es susceptible de ser aprovechada como elemento argumentativo.

Ambas cosas, por lo demás, nos las encontramos en este El libro de los saludos. La cuestión –diversa– a la que se propone responder este álbum está enunciada con claridad desde el principio por la autora:

Me interesa ver qué es lo que le decimos a otra persona cuando nos topamos con ella, sea desconocida o no. Reflexionar sobre la manera en que rompemos el hielo y empezamos a hablar con alguien que pasaba por allí o que hemos ido a ver expresamente.

¿Cómo llamamos su atención? ¿Qué le deseamos?

(El libro de los saludos, p. 7)

Y a fe mía que el lector encontrará respuestas de todo tipo: por qué en algunos lugares, sin saberlo, nos declaramos esclavos de la otra persona cuando la saludamos; qué tiene que ver el léxico de la marinería con el saludo de algunos países; por qué las manos; por qué las narices, por qué el corazón o la boca… No se aburrirán leyendo las incursiones de Squilloni en todos estos asuntos, ni tampoco dejándose llevar por las ilustraciones, que ayudan sobremanera a sostener un ritmo apropiado para curiosos voraces.

Por otra parte, hay mucho mundo aquí. Una vez más, la autora declara:

Tomo los ejemplos de mi experiencia, de los idiomas que he estudiado y de palabras que me han dicho amigas y amigos; los tomo de mis lecturas presentes y pasadas, de libros que he buscado adrede para escribir este texto, pero también de todos los demás libros que he leído a lo largo de mi vida.

(El libro de los saludos, p. 7)

Lecturas como esta me reafirman en que no somos sino lo que tomamos de otros. Esa experiencia a la que alude la autora es la suya, pero no solo la suya: es la marca que nos dejan los demás. Y quizá habría que ir ya diciendo, más a menudo, que el álbum no solo no es un formato incompatible con el género del ensayo, sino que esa relación puede explorarse, desarrollarse, mucho más. Su condición miscelánea lo hace perfecto para ello.

La mirada humanista

El otro gran rasgo que me gustaría destacar de este álbum es la profunda mirada humanista que lo sostiene. Me atrevería a decir que como forma de militancia, de estar en el mundo. El diálogo fue el género predilecto de los humanistas por excelencia, mas no es algo que resulte ajeno a El libro de los saludos. El saludo en sí ya es un desencadenante de la comunicación, y de eso también trata este libro, pero su relación con el diálogo no se restringe a tratarlo como tema. La autora escribe en un tono muy cordial, que interpela directamente a su lector, por lo que uno se acaba sabiéndose sumido en una placentera conversación. Por otra parte, no podemos olvidarnos del diálogo entre la escritura y la ilustración, que también aquí está presente. Es la primera reseña propiamente dicha que escribo en este blog, y quisiera evitar en la medida de lo posible un tipo de crítica que se limita a subrayar lo evidente. No quisiera, por ello, hablarles de la «aparente sencillez» de las ilustraciones de Olga Capdevila ni cosas por el estilo. Lo que sí quisiera hacer notar es que, una vez más, se comprueba que un álbum establece una relación dialógica entre texto, imágenes y formato. En ese sentido, nunca en este caso tendrá el lector la impresión de que las ilustraciones «ilustran», es decir, arrojan luz sobre el texto (lo cual no es necesariamente malo, claro), sino que se dará cuenta enseguida de que son, en cierto modo, una misma cosa con él. Las ideas que desfilan por estas páginas encuentran su cauce natural en la suma de ambas cosas, que acaban por conformar una sola.

Señalo esta relación continua entre lo uno y lo diverso, parafraseando un famoso libro de Claudio Guillén, como el espacio por excelencia en el que se desarrolla la mirada humanista. El ánimo curioso que se percibe en El libro de los saludos parece apuntar hacia ahí: en los saludos hay expresiones universales, pero también diversidad, culturas, maneras de entender el mundo que se concentran a veces en una sola palabra, como la búsqueda franca y cordial de aquello que, siendo diversos, nos hace humanos, se concentra en un solo libro. En concreto, en este.

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