El libro de los saludos

El curso 2020-2021 comienza algo tarde en este blog, pero comienza en buena compañía. Nos ocupamos aquí de nuestra lectura de El libro de los saludos (A Buen Paso, 2020), una pequeña joya en forma de álbum que debemos al buen hacer en la escritura de Arianna Squilloni y de Olga Capdevila en la ilustración. Hablamos de un tándem que se nos muestra en estado de gracia en esta obra. ¡No se lo pierdan ni se la pierdan!

Cómo leía Goethe… de niño

Bastante por satisfecho me daría si por casualidad quedasen dispersas, por aquí y por allá en este blog, y siquiera a modo divulgativo, algunas claves e ideas para la reconstrucción de la historia de la lectura infantil. En la forma en que la conocemos hoy, dicha lectura se comienza a afianzar a lo largo de un lento y complejo proceso que se remonta al siglo XVIII. En esta entrada abordaremos un tema que sabemos muy atípico en este tipo de espacios, pero que puede resultar más interesante de lo que parece a primera vista. Vamos a ver cómo leía en su infancia Goethe.

Por qué queremos tanto a Matilda

Tampoco es que sean tantas las cosas evidentes que se cuentan en esta vida, pero alguna que otra hay: el agua moja; todo tiene su fin; la invención de la rueda cambió el mundo; la red de afectos en la que vivimos en realidad no es una red, sino la cuerda floja sobre la cual estamos obligados a hacer de equilibristas; y, desde luego, Roald Dahl posee un talento inconmensurable para la narración. Uno de sus últimos libros para niños, Matilda, publicado en 1988, solo dos años antes de la muerte del autor y muy pronto llevado al cine (1996, Danny DeVito), nos regaló una vez más lo que, a la chita callando, ya se ha convertido en un icono de la cultura contemporánea. Adoramos a la pequeña lectora hasta el punto de quererla –si bien esto tampoco es difícil– mucho más de lo que lo hacen sus propios padres. Incluso podría decirse que la queremos a pesar de la opinión que nos suscite su complicado autor, al que seguro le acabaremos dedicando más de una entrada en este espacio. ¿Comenzamos?

Presencia de la voz en el álbum (y III): política y poética

En las dos entradas anteriores partimos de la delimitación de los orígenes misceláneos del álbum, expusimos de qué modo el formato ha llevado impresas desde que existe las marcas de la sociabilidad, y después pasamos a intentar delimitar brevemente de qué manera todo eso se fue concretando en el surgimiento y perfeccionamiento progresivo de un tipo de libros para niños. Cerramos ahora la serie dedicando algunas palabras al potencial que el álbum tiene de abordar temáticas de a lo que, por su carácter a veces político, en otro tiempo hubiera sido impensable adjudicarle el adjetivo infantil. No hay terreno donde la voz del álbum no pueda dejarse oír, puesto que su poética, que consideramos está en vías de construcción en este momento, no es timorata a la hora de intentar expandir y enriquecer las posibilidades de la experiencia.

Presencia de la voz en el álbum (II): intermedio con monstruos

Retomemos las dos ideas clave que, según hemos visto en la entrada anterior, podemos considerar que han sido constantes en la historia de los diversos formatos que antecedieron a la irrupción del álbum infantil. Una de ellas es el carácter misceláneo, que conlleva que estemos hablando más de un formato sobre el que amalgamar documentos de diversa naturaleza que de un género literario propiamente dicho. La otra tiene que ver con la marca de la sociabilidad que lleva impresa dicho formato. Si el álbum, en un sentido muy general, se define por la concurrencia de elementos y puede considerarse un repositorio heterogéneo, no es descabellado decir que es depositario de las diferentes voces que resuenan en esos elementos. No es casual, por ello, que las primeras ilustradoras pusieran imágenes a la voz, pero nos quedan todavía por delante bastantes documentos en los que ambas constantes seguirán desarrollándose, algunos de los cuales vamos examinar en esta entrada.

Presencia de la voz en el álbum (I): del foro al cuarto de juegos

Debo el tener que redactar estas entradas, que se proponen rastrear las huellas de la voz en el álbum, al generoso interés de Arianna Squilloni, editora de A Buen Paso, estudiosa del formato y autora ella misma de álbumes y textos narrativos y ensayísticos. De hecho, su cuadernillo En el laberinto de la palabra. Guía de viaje (Círculo Hexágono, 2014), que no dudo en recomendar, ha sido una lectura que me ha acompañado y asombrado estos días por igual. Como el tema da para mucho y este texto amenaza con ser especialmente largo, lo abordaré dividiéndolo en tres entradas diferentes, que aparecerán de manera consecutiva durante tres días distintos, siempre y cuando no haya contratiempos. En esta, primera de la serie, examinamos la tradición de formatos de diversa índole, todos ellos relacionados con ciertas formas de socialización y definidos por su carácter misceláneo, de la que, en un momento dado, emergió el álbum. Vamos a por ello.

Cuando Paul Hazard escribía sobre libros para niños

Declaraba hace un lustro Antonio Rodríguez Almodóvar, en una entrevista concedida a La Opinión de A Coruña, que la literatura infantil y juvenil «a veces carece de una crítica seria». La prudente locución adverbial a veces le otorga al juicio que formula una doble condición: por un lado, hace que no resulte del todo exagerado, pues es evidente que en otras muchas ocasiones sucede todo lo contrario y encontramos una crítica excelente; por otro, consigue que sea bastante preciso, toda vez que tampoco puede negarse que la literatura infantil y juvenil ha estado, con más frecuencia que otras literaturas adjetivadas, relativamente alejada de los centros de poder e influencia en los que se reparte el prestigio crítico. Recordemos, pues hace al caso, que hasta cuando a Harold Bloom le dio por publicar en 2001 una ya famosa antología de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, no solo se tomó la molestia de proclamar a los cuatro vientos que no aceptaba la categoría de «Libros para niños», sino de paso, también, la de definirla como «una máscara para la estupidización que está destruyendo nuestra cultura literaria» (2003: 10). Lo bueno de esas afirmaciones tajantes y supuestamente provocadoras que tanto gustaba de proferir el gran crítico norteamericano, no obstante, es que nos ponen ante la tesitura de tener que contrarrestarlas con aproximaciones menos condescendientes y mucho más cuidadosas. Esta entrada, que no es sino una relectura con ojos contemporáneos de un viejo ensayo sobre los libros para niños de Paul Hazard, está escrita con el propósito de evitar esa sal gorda. Veamos si lo conseguimos.